Su único amigo era el espejo, biselado y sonriente sobre un toilette. Era muy grande, reflejaba su figura en la totalidad. La amiga perfecta, la escuchaba, la comprendía sin replicar. ¿Qué sería sin ella?, se decía. Y pasaban los días eternos y a veces interrumpidos por sus padres, criticando ese aislamiento semiautista. No importaba, al día siguiente regresaba con la espalda cansada y el corazón roto.
En un atardecer terminó su tarea escolar, se quedó inmóvil, callada, tratando de oír la voz del silencio, su otro amigo. La estaba invitando a que abriese una puerta. Ella sorprendida le dijo, ‘¿Cuál?’. De inmediato una puerta de dos hojas, blanca desteñida de madera vetusta, se presentó ante sus ojos. Se incorporó para abrirla dando por cierta la visión ya que al espejo todo le creía. Al abrirla, solo había un vacío; retrocedió oyendo una carcajada alejándose. El espejo, su amigo, la había burlado, el silencio estaba roto.
‘Sí’, se dijo, ‘es una puerta en el aire’. Al día siguiente regresó a la escuela, entró corriendo en medio del alboroto, estaba libre y liviana con el alma colmada. Estaba íntegra, era ella misma, el eco de su risa la iluminó para siempre.

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