Allá donde comienza todo y termina todo, el punto límite de las fragancias, de los ardores, allá los juegos románticos del coqueteo inevitable para que algo se perfile, se produzca el aleteo de un pájaro asustado.
Solo ellos lo saben, solo ellos, cuando se inicia el abanico de colores agitados de la cromatina del amanecer. Es un momento silente, la brisa se calla, quiere oír el coloquio pero no puede ser.
Cuando logran el beso, se encienden las luces parpadeantes discontinuas, la comunicación es perfecta, hay un grito ronco de amor. Se descubren esa noche en la fugaz melodía de sus cuerpos que, al rozarse se duplicaron en la entrega.
La línea del horizonte cargada de algodón es poseída por la atracción y el dueño de la tierra se convierte en explosión, llora de amor el cielo y la mansa lluvia de lágrimas aumenta la pasión.
Solo ellos lo saben, solo ellos, cuando se inicia el abanico de colores agitados de la cromatina del amanecer. Es un momento silente, la brisa se calla, quiere oír el coloquio pero no puede ser.
Cuando logran el beso, se encienden las luces parpadeantes discontinuas, la comunicación es perfecta, hay un grito ronco de amor. Se descubren esa noche en la fugaz melodía de sus cuerpos que, al rozarse se duplicaron en la entrega.
La línea del horizonte cargada de algodón es poseída por la atracción y el dueño de la tierra se convierte en explosión, llora de amor el cielo y la mansa lluvia de lágrimas aumenta la pasión.

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