Como fantasmas furtivos te aguardan las horas de aquellos ensayos interminables donde la comunión del saxo y tus labios frenéticos plasmaban una melodía de Jazz.
¡Qué regalo escucharte! El vibrante sonido ronco y de a ratos agudo, como quejándose por alguna pena. Vos sabrás, solo vos. El impulso de tu soplo mágico y potente lo hacía aún más sagrado en las noches populosas de un club nocturno, noches de humo y whisky.
Al final de la función el abrazo a tu fiel compañero dorado, besando su templada superficie por el ardor que ponías en cada nota.
Francisco, el metálico caballero que dormía en la negra caja de cuero, esperando tu mano y el saludo para comenzar un nuevo acto.
Siempre ustedes solos ¿para qué más? Nadie expresaba mejor el sentimiento, la cansina tristeza de un jazz melancólico y, de repente, el estupor disparando la energía maravillosa.
Hoy lustras con frenesí a Francisco, como resucitando una voluntad mediocre como el lugar que los alberga esta noche, oscuro, casi vacío con el humo de recuerdos perdidos, aunque ya no se fume y este saxo afónico que a nadie le interesa.
Sopla, sigue, sigue que a lo mejor Francisco no te abandona; tu boca gastada ya no siente el fervor de aquella entrega, el caballero dorado ya no se refleja en tu alma.

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