El Silloncito de Mimbre de la Calle Zelarrayán - RELATO BREVE


La casona de la calle Zelarrayán en Bahía Blanca, hermosa ciudad hoy tan importante, crecida y prominente, no así en aquellos tiempos donde la pujanza recién comenzaba. Alegre zaguán con hermosas macetas rojas con helechos y azaleas, luego, la puerta cancel con su herrería dorada… Al cerrarla se extendía la gran galería con columnas majestuosas y firmes siempre bien pintadas.

El piso como “tablero de damas” encandilando las miradas. ¡Si hablaran dirían tantas cosas! Por ejemplo las corridas de los carnavales patinando entre los charcos, reíamos como locos con el desenfreno de una niñez plena. Al fondo, la cocina de leña tiernizaba nuestros manjares y la nueva “Volcán” se reía de envidia pues ‘abuelita’ nunca la elegía. ¡Qué sabrosos los escones! Los comíamos con avidez después de tanto alboroto y travesura.

Había un rinconcito justo en el ángulo que se formaba entre la segunda ventana y la pared, era pequeño y cálido. Allí descansaba un silloncito de mimbre en el que, sentada, contemplaba a mi abuela tejer carpetitas a crochet sin entender cómo lo hacía. El sosiego me duraba poco, luego continuaba con mi terremoto diario entre saltos y alegrías. Cuando llegaba la hora de pensar, regresaba al silloncito

Un día encontré solo el tejido y la mecedora se movía sola, ‘abuelita’ ya no estaba. A veces recorro aquella silenciosa casa de mi infancia y me detengo en la cocina. El rincón está vacío, pero yo veo el silloncito. Sobre él hay un tejido, lo tomo para seguir la trama y desaparece de entre mis manos. ¡Cómo decirte Abu, que ya he aprendido!

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