Las olas no piden permiso y te llevaron en esa nave de olvido y misterio. No hubo un adiós ni aviso de abandono, solo la niebla de la madrugada y el silencio abrió su garganta… Allí fueron tus palabras y los suspiros.
Las olas no piden permiso y te llevaron muy lejos. ¡Cómo no pudiste escapar si yo te estaba esperando! Algo te detuvo y decidiste seguir viaje.
¿A dónde quedaron mis cartas que, solas naufragaban en el buzón de tu casa, herrumbradas? ¿Estarán atrapadas en el metal?
Estoy llegando a tu casa; la casilla de la correspondencia está oxidada pero abierta. Introduzco la mano, encuentro hojas muertas sueltas y blandas y sobre ellas una llave dorada que, a pesar de la bruma marítima, aún conserva su brillo.
La casa con sus ventanales sombríos me invitó a entrar; puse la brillosa llave en la cerradura y quedé atónita… Un fuego encendido, el sillón, tu sillón y el humo de la pipa…
Estas ahí, te veo escribiendo en papeles amarillos. Hay unos cuantos escritos pero sin ensobrar. No me percibes; quiero tocar tu pelo castaño y suave, los ojos verdes que solo miran el texto… Sé que es para mí.
Las olas no piden permiso. Me trajeron hasta ti. Me voy, igual te tengo. Me has llamado a través del mar, ese, que ahogó nuestro amor.

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