Llegué a casa desesperada, llorando. Me sentía tan culpable, tan poca cosa. Dañé lo que más quería “mi amiga hermana”.
- "Clarisa, oíme, le cuento a mamá y compramos otro igual o parecido, ella puede hacerlo".
- "No, no digas nada. Confié en vos y mirá lo que hiciste. Era un recuerdo de mi abuela, me lo dejó antes de morir. Parece como si me lo hubiera quitado, ahora no la tengo a ella ni al reloj".
Desde allá, los que se han ido miran y si te han querido, mucho más.
Se enojó porque no lo cuidé, era su legado.
Hoy es el último día que hablamos. "¡Te odio, te odio!” - gritaste.
Y llorando corrimos las dos para nuestras casas.
Las cosas materiales tienen el valor que le otorgamos con nuestros sentimientos y así, los objetos cobran vida y son seres que nos acompañan hasta que algo pase y cambie.
Teníamos quince años y decidiste no crecer conmigo. ¡Qué dura tu alma, cuánto dolor!
Hoy te crucé en la calle inesperadamente, en Palermo. Lindo marco para una reconciliación. Nos miramos... Ahora con cincuenta años, el tiempo pasó, pero no tu rencor.
Me sonreíste y te perdí, tomaste otro rumbo. Ya no lloramos más.

Comentarios
Publicar un comentario