Estoy parada frente a una casa de dos plantas; sus paredes de color ocre bajo un tejado brillante esmaltado y bordó. Las rejas soportan estoicas el serpenteo de las enredaderas, son verdaderamente majestuosas.
La casa está vestida de fiesta, siempre fue así. La estoy viendo desde aquí afuera, con el ardor en el pecho; estoy deambulando por los cuartos perfumados de jazmín en los floreros, es la única flor que concibo fuera de la planta que merece ser cortada.
Las bibliotecas repletas pero con un orden casi militar, ¡Cuántas vivencias en esa páginas apretadas!
Tomo asiento en un sillón mullido y la pana me acaricia. De pronto veo las pipas en orden y la tabaquera, todo bien acomodado. El desorden acá es pecado. Se respira un aire de libertad, pero no es cierto, en este palacio la reina es la tristeza. ¡Cuántas veces lloré en silencio ahogando una pena injusta!
Voy hacia la cocina, y huelo una torta creciendo en el horno. Es Roberta, la cocinera, una morena regordeta y divina de tremendos ojos, llenos de amor y picardía:
- ¿Quiere un chocolate niña?
- Sí, después con la torta Robi.
Mis tardes de merienda, mis ecos, las voces de mis padres que juntos se fueron. Tenía todo y no tenía nada. Un día tibio y calmo te dije “me voy abuelo”; mordiste la pipa y me dejaste ir. No fuiste capaz de detenerme. “Corazón de piedra” grité, y golpeé la puerta.
Roberta me llamó y estoy aquí parada enfrente con la sensación de vértigo. No quiero cruzar, no quiero que nada me impida seguir mi camino, tengo “un corazón de cristal” y aún no se ha roto.

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