Una noche clara y de plenilunio, el cielo enciende sus luces y trazan el camino.
¡Ay Señor! Tanta orilla... La arena lista para escribirte una carta. Te pido tantas cosas, tantas lágrimas secretas, pero ¿qué decirte? Si ya conoces todo. Soy una creación tuya, pero estrené mi humanidad aquel día en que dije que no existías.
Hoy sé que nací perdonado, no por eso cometí los pecados. Me sobrevino un vértigo y caí en pequeñas hogueras, Sorteando algunas, quemándome en otras. Soy un hombre perdido, no encuentro el horizonte.
Salgo a caminar buscando la sal y la brisa porque me acarician dándome consuelo. Tengo frío, grito y nada sucede. Llamo y nadie acude, pero mi llamado no tiene nombre, será porque no quiero a nadie. Necesito estar solo. La voz del interior me lo dice y le obedezco con la inercia de un intento.
Y así las conchillas se hacen presentes. Me duelen los pies. Se acostumbran y ya no las siento, y así es con todo lo que me sobreviene ¿por qué? ¿Soy acaso un caminante encandilado por los espejismos que adormecen mis sentidos y me aíslan de la realidad, persiguiendo una quimera huidiza que no puedo alcanzar?
'¡Aquí estoy!' - les digo, no me oyen.
Estoy suplicando, pero es imposible, “conversan los señores en la claridad de la fogata”, pero el mar ya no está solo. La claridad del fuego eterno quemando la hoguera final.
Y ellos hablan y se burlan, los señores que vigilan a los nacidos sin suerte.
Y ellos hablan y se burlan, los señores que vigilan a los nacidos sin suerte.

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