La llovizna es cruel y taladra los tejidos y las tramas, humedeciendo las almas de los perdidos en la vida. Y cuando la noche se desmaya sobre los caminantes, los vientres cantan pidiendo sustento.
Pedro y Augusto, mellizos, entre la niñez y la adolescencia escaparon de un infierno llamado hogar. Entre golpes e insultos, la cuna del maltrato, frío y hambre los decide a dejar esa pesadilla.
Pedro - “¿Y ahora qué hacemos?
Augusto - “No sé, pero respirá como hago yo, mucho, hasta que la panza y el pecho revienten; es el aire que es nuestro”.
Pedro - “Tengo hambre, no puedo”
Augusto - “Sí que podés. Antes teníamos miedo, ahora pase lo que pase estamos juntos hermano, como siempre, desde que empezamos a respirar”.
Y es cierto, estos chicos vinieron al mundo en la misma instancia, el comienzo de un vía crucis doloroso y casi eterno.
Hijos de padres sin amor, hijos de la lujuria, hijos explotados condenados a un trabajo infantil denigrante, Pedro y Augusto huyeron de esa suciedad de espíritus muertos.
No importa, el sol mañana calentará sus huesos y les entibiará el alma. Alguien desde arriba esparcirá maná sobre sus vidas.
Y es así como los veo... “Sus figuras se recortan las en las barrancas del Retiro con fondo de crepúsculo más allá de las higueras y las naranjas”. Ahí, ellos beberán los jugos y comerán los frutos.
Alimento mi fe y crece mi esperanza, por eso lo cuento.

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