Comienza a picarme el lóbulo derecho de mi atacada oreja, entonces me quito el aro plateado y lo deposito sobre el escritorio; este es un rito que constantemente elijo cuando trato de comenzar una tarea, una muletilla tal vez, no sé, pero también la comezón es verdadera.
Tengo una alergia a ciertos metales, oro y plata principalmente, pero también es un tiempo que me tomo para abstraerme, elevarme donde mis pensamientos se aglutinan queriendo ser primeros, y entonces, los organizo y me masajeo con fuerza mi enrojecido lóbulo. Acaricio el aro que yace bajo mi mano inquieta, y así, enhebro las cuentas de mi discurso plasmado en cada texto.
Cuando todo termina, las luces se apagan y los contactos de mi alma van a descansar hasta otra convocatoria. Ya no hay comezón; busco mi aro plateado, está frío. La combustión se ha extinguido. Me asomo al espejo, los aros ya no me torturan, enmarcan mi rostro, lo visten y le dan un toque de vida, esa, que consumo día a día con cada perla que nace de mi corazón y enhebro formando un texto para quienes esperan palabras proverbiales.
Hay almas que necesitan beber el néctar del amor, para renovar su vida. Lo cierto es que, en esta ceremonia, se han inmolado varios aros. ¡Cuántos pares incompletos! Pero siempre llego al fin del camino, y entonces se abre otro, y otro... y en esta sucesión, renazco todos los días.

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