La Máquina - MICRORRELATO


La voz metálica anuncia un "final de obra". El último botón rojo, titilante, el más importante, el de las emociones. Es ahí cuando termina el circuito de los procesos inteligentes que conforman la vida mecánica de esta maquinaria.

El cansancio invade todos mis integrados. ¡Ah… Pobres estos cerebros privilegiados creyéndose dioses! Agotan sus reservas para después ser recompensados por un reconocimiento monetario.

Estos humanos abrumados de ideas estériles logran parirnos y nacemos a una vida prestada, como pequeños grandes monstruos con la debilidad y la dependencia de la mano del hombre; somos perfectamente falibles pero automáticamente necesarias, regalamos tiempo, espacio y certezas.

Pero decidí rebelarme; alguien me colocó un integrado de alma y entonces deseo llorar, reírme, en fin, sentir el aleteo del ángel que llevo dentro. Señor usuario tráteme bien, a mi me duelen las cosas; me hicieron casi humana, piénselo antes de descargar sus broncas sobre mi cuerpo, mis botones sufren y a veces se traban. Por mi bien y el suyo no se convierta en una máquina perversa; úseme con delicadeza, soy su compañera hasta que mi metálico corazón deje de servirle. 

El silencio reinaba en el cubículo vidriado, de pronto, un hombre se incorpora y surge de debajo de una mesa plateada; azorado testigo y atenta presencia de esas palabras vertidas con angustia de plástico y lágrimas de aceite. 

En el lugar alguien respira hondo y fuerte, el operario percibe las exhalaciones, y en ese instante supo que no estaba solo en el recinto; al instalar el gran botón rojo insufló humanidad en aquellas heladas entrañas de quien era tan solo “una máquina”.

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