Los leños se consumen lentamente, el fuego los va penetrando; los contemplo con el estoicismo del dolor. Creo haber perdido el dinamismo de mis pensamientos.
El remanso de cada día me da un tiempo para recoger las sombras que, como semillas estériles, jamás concebirán frutos; es por eso que mi mano temblorosa tratará de quemarlas en el fuego sagrado de una combustión sanadora.
Elevo la mirada, observo el mármol gris con sus vetas de plata. Como cabellos añosos testigos de una vida, sobre esta superficie templada encuentro sonrisas al brillo de pequeños vidrios protectores y enmarcadas figuras.
El comienzo de mi existencia, mis padres, “héroes de un pasado” que renace cada noche cuando el silencio se apodera de mis horas castigadas con un “presente que muere” y me abandona, porque sabe que me he rescatado.
Pero nada ocultará mis soles, ninguna tormenta de invierno, ni aun la juguetona del verano. Crepitan los quebrachos despidiéndose; su muerte no ha sido en vano, me abrigaron en el inhóspito trance en que me encontraba.
Miro los retratos de mis hijos y de todos aquellos que amo, y los guardo en el cofre de mi conciencia. Dejo el cerrojo abierto, no quiero que alguien quede afuera.

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