Y así llego a la silenciosa terminal con este viaje muerto. Y en la esterilidad de este regreso mediocre, miro un diario amarillento con las letras al revés. Luego mis manos secas lo estrujan formando una bola de noticias ignoradas.
Siempre algo me impulsa a bajar, y cuando me incorporo, aprieto los ojos y en la negrura oigo mi nombre. Y tengo las manos agarrotadas aferrando un escritorio viejo como las vivencias que golpean mi sien.
No me he movido un milímetro de esta trampa de la cual no puedo escapar. Nadie sabe qué me sucede. Soy el dueño de un gran silencio. Nadie me va a escuchar. ¿Será por eso este dolor de cabeza?

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