El Helado - RELATO BREVE


Hace tres veranos, volvíamos de la playa con mis nietas, solitas las tres, con un sol tremendo en la piel y una complicidad de aquellas.

La más chica manifestó el deseo de un helado. Por supuesto, fue inmediatamente secundada por su hermana. Surgió el "dale abu, ¿compramos un kilo?", "Dale abu, lo quiero tomar ahora". Cuando llegamos el cucurucho que eligieron las dos, fue mi promesa.

Al entrar a casa, el goloso de mi hijo, papi de las nenas, puso las manos sobre el pote y le dije - 'Esperá hijito,estamos llegando' -. Se ofrece a servir y degusta una enorme cuchara sopera de crema. Cuando le toca el turno a Flor, le doy el cucurucho y me ofrece una carita de asombro anhelante y con toda educación lo saborea y me mira. - 'Gracias abu' - . Aunque no lo hubiera dicho, me alcanzaba el hermoso metalenguaje de esos ojitos brillantes de respeto y, con una profunda satisfacción, gozaba su helado con bigotes de limón.

Maca observó a su hermanita y nos miramos con esa complicidad del amor. Me quedé pensando y me fui en un viaje al pasado. Recordé una tarde de primavera en una juguetería en compañía de mi padre.
Una tarde sorpresa me solté de su mano y corrí fascinada por ese mundo infantil. ¡Qué alegría! Fue toda una conquista, y ahí estaba el cochecito para mi muñeca; brillosos los cromados, había muchos, todos juntitos. De repente oigo a papá que me pregunta cuál me gusta, y con la emoción que puede expresar una nena de cinco años, apunto mi dedito y señalo uno rojo con la capotita plegable.

Salimos del negocio, yo empujando mi cochecito de muñeca de la mano de mi padre. Esta vivencia que aún me moviliza, él la contaba siempre. Hablaba de una carita de asombro y contento; así miré a mi padre esa tarde, me dió un regalo, la vida. Mi nieta me hizo recuperar aquel espíritu, con el que fui muy feliz en primavera.

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