vigía de todo lo que se mueve en nuestra sala.
A veces se silencia deteniendo
el agudo campanario que tiene escondido.
Tras los cristales de la ventana de un tiempo cautivo,
derrama horas sobre nuestras agitadas vidas.
A veces se silencia deteniendo
el agudo campanario que tiene escondido.
Tras los cristales de la ventana de un tiempo cautivo,
derrama horas sobre nuestras agitadas vidas.
El pendular de su corazón acompaña los vientos,
las suaves brisas de un estío impertinente
que proyecta su brillo en la lustrada superficie
de su cuerpo estoico siempre de guardia.
Pero a veces sufre una suerte de melancolía
y la tristeza se apodera de sus martillos musicales
que dejan de percutir sobre los cueros secos.
Es ahí cuando hay que llamar a Enrique, el sabio relojero,
un hombre alto muy canoso y espigado,
viene con su negro maletín, saludando
primero al reloj, después a nosotros.
Y manos a la obra, mantiene un diálogo
con el monumento de madera;
se establece una entelequia perfecta, no le hablamos.
Silencio de conversaciones, los dejamos solos.
Se oyen desde el patio gran variedad de campanas,
al cuarto de hora, a la media y a la entera, una y otra vez
incansable melodía de campanas agudas y graves.
Enrique el dueño de las voces de nuestro “carrillón”
tan añejo que casi no se lee la firma en el borde de la esfera.
Los números romanos estáticos y mudos
contemplan la mano de Enrique que acaricia las agujas
para definitivamente ponerlo en hora.
Y así se retira nuestro artesano de “relojes carrillones”.
Papá le paga. Al recoger el dinero casi no lo mira,
como si no le importara; la pasión es más fuerte que la paga
y el reloj agradecido le regala un crepúsculo de “19 horas”.
¡¿Qué cosa no?! Enrique trabaja con este tipo de relojes
los ama como si los hubiera creado, dialoga con ellos,
en realidad es un poco su dueño.

Comentarios
Publicar un comentario