Los eucaliptos perfuman el camino; a veces me detengo y observo este cuadro, que conmigo forma un todo, una interacción perfecta.
Me embriago de naturaleza, ella me habla brindándome colores, sabores y perfumes exquisitos. Estoy viva, oigo el latido de la tierra quejumbrosa entonces, suelto mis pensamientos que luego vagabundos encuentran la ruta.
En la noche el monte gime, y se rompe el silencio; un coro surge, son los seres de la oscuridad, cantan sepultando al día en su último estertor. El estío implacable cumple una vez más la misión de los ardores y el tiempo discurre entre vapores y danzas prolongadas.
Todo es vida, todo es sangre y verde, el agua murmura entre las hojas mudas y blandas. Aquellos días están prisioneros en el recuerdo; aquí en este abril acabado.
Las hojas, las únicas que tengo, cubren las veredas, quietas y crocantes y a mi paso taciturno se quiebran secas.
Las horas son las mismas, este es otro cielo, es una volátil ráfaga celeste que observa con la mirada perdida las calles grises de este otoño melancólico y furtivo.
Y en este abanico de colores, evoco el silencio de la Espesura donde trataba de oír las voces de mis muertos, eran perlas cayendo en un plato blanco y frío.
Cuando yo calle, ¿Adónde irán mis perlas? ¿Caerán sobre el bosque rompiendo las hojas blandas, o sobre la crocante hojarasca de un otoño sombrío?
Quisiera seguir buscando "gigantes perennes" para que grandes frondas me abracen cargadas de pájaros alborotados y así ser la dueña de todas las primaveras.

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