Desde un mundo diferente
Detengo mi caballo, enorme silueta caoba de finas patas, mi compañero de todas las cacerías; un coro de perros blancos y flacos me aturden, entonces desmonto y me acerco a la ventana, ese rectángulo cautivante de siempre.
Toco el cristal y se rompe, caen cenizas blancas; el viento sopla borrando misterios; te busco entre colores opacos y cueros secos, eres la luz de esta penumbra que gobierna mi sentido y pierdo la calma.
Palpita mi pecho diciendo tu nombre, el que yo te puse, ni tú lo sabes amor de mis días, sólo yo puedo nombrarte. Aurora, así te llamas, por ser el final de mis noches frías. Entro en tu cuarto, estoy tras de ti, te veo con el brillante peine entre las manos, acariciando tus cabellos rojos, como la sangre que se acumula en mi cuerpo.
Te vuelves percibiendo mi sigilosa presencia y entonces me miras; soy yo el que ahora peina con mis dedos tu cabellera. Estás encendida, lo dicen tus enormes ojos pardos. Te agitas hermosa y tentadora, envuelta en la magia de este hechizo.
Te beso y tus turgentes labios corresponden a esta pasión incontrolable.
Te amo, luz de mis noches eternas; me confiesas tu embeleso.¡Oh señora de lo imposible, este amanecer es nuestro! Ya no hay cristal entre nosotros, nada puede separarnos. Me quedo en esta instancia o saltamos de este marco hacia la locura, a un mundo nuevo, posible e infinito.

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