La hojarasca otoñal se amontona en la entrada. El viento responsable las arranca de los árboles queriendo vestir de otoño la vereda.
Perla se sienta en un rincón del populoso salón y espera. Él se está demorando; ella ya sabe que no vendrá. Pasa el tiempo y comienza a sentirse incómoda. Esta confitería reúne a mucha gente; una sola persona es una angustia.
Ante el cálido murmullo y tantos manjares, coros de carcajadas, bullicio y estupor, Perla pide un capuccino y le agrega tres cucharaditas de azúcar - 'demasiadas' -. Lo toma lentamente como queriendo templar el cuerpo frío de tanta soledad.
Quiso castigar a Gustavo y pagó con su dignidad. '¿Recuerdas el mar con sus espumas azuladas acariciando tu juventud, esa, que le entregaste a él?'
Se prometieron entonces un mismo camino, pero hubo un atajo, un desvío que los separó.
'No perdonaste, nadie lo notó, el rencor sucumbió ante las apariencias, y hoy tu presente es una pesadilla'.
Perla se retira sin poder explicarle a su marido el porqué de su barco sin timón. La venganza está instalada, la condena es sin piedad.

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