Regreso al cuarto y te observo cansado, eterno peregrino de sueños incompletos. No quiero lastimarte, pero debo irme. Nuestra comunión se ha roto; olvidaste mirar aquel espejo en donde se reflejaban tu corazón y el mío. Ya no hay camino. Olvidé detenerte como antes para continuar nuestra marcha y alcanzar las metas. Debí hablarte, susurrarte despacito para contarte que las cosas estaban cambiando y otras se perdían.
Nuevamente cierro la puerta y acaricio el picaporte. Me alejo vencida; la batalla se ha perdido. Afuera un viento helado azota los vidrios. Antes que amanezca me habré ido. Abro el pórtico central; la historia quedará sepultada en la casa, cargada de sombras entre puertas cerradas.
Antes que amanezca mi silueta recortada se proyectará en las paredes blancas, como la nieve que se amontona en los umbrales de la entrada. No puedo mover el cerrojo, algo se ha trabado. Me demoro y ese instante eterno no pudo evitar el nacimiento del amanecer. Se congelaron mis brazos pero no mis piernas, y corrí hacia ti interrumpiéndote el sueño.
¡Oh señor, cuántas palabras, cuántos susurros!
Me miraste tan profundo... y solo quedó el silencio.

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